Fotografía de la ficha del Senado de Enrique Casas Vila, dado de baja por fallecimiento el 23 de febrero de 1984, según esta misma institución.

Hay muchas personas capaces de pegarle un tiro en la cabeza a alguien desarmado. Yo soy una de esas personas. Algún día hablaré de mi historia, pero si estoy donde estoy, es entre otras cosas porque una tarde, después de planificarlo bien y de buscar el momento por varios días, conseguí que otro ser humano me abriese la puerta de su casa y le metí una bala en el cráneo. No sólo eso, sino que cuando cayó al suelo (de acuerdo al informe forense, aquel primer disparo fue mortal de necesidad), le pegué varios tiros más para asegurarme de que no fallaba.

Mi acto horrorizó a mucha gente. Sé que incluso a familiares míos les pareció terrible; mientras que otros me consideraron un héroe. Pero no soy tan especial; o no lo soy al menos por haber acabado con la vida de alguien. Insisto, muchos tipos de personas pueden hacerlo, y de hecho ha sido lo cotidiano en la historia de la humanidad. Aquí en prisión he conocido a varios hombres que han demostrado ser capaces de matar.

Reflexionando sobre mis propios compañeros en el movimiento que reivindicó el atentado contra Casas, me doy cuenta de que no todos llegamos a ese punto de la misma manera. Me viene a la cabeza el caso de Gorka. Gente que igual que participaba en la lucha armada, podrían haber sido militares en el ejército español de haber sido sus circunstancias sólo ligeramente distintas. Gorka simplificaba la realidad en una guerra en la que él participaba como un soldado. En la clandestinidad, pero soldado al fin y al cabo. Y soldado por vocación, por eso pienso que el ejército concreto en el fondo hubiera sido un poco secundario.  Su actitud siempre fue prepotente y agresiva, nunca le gustó que nadie expresase dudas públicamente. Uno podía respirar furia en el mero contacto con él, hasta el punto de que infundía temor incluso entre los compañeros, porque su visión rígida del mundo y la violencia le convertían en el candidato idóneo para localizar y querer castigar al disidente. No me cuesta imaginar a Gorka como antidisturbios, skinhead neonazi, o como miembro de un tribunal clandestino en una checa.

En el otro extremo estarían mujeres como Lucía. Diría que ella corresponde a la normalidad más absoluta. Creo que Lucía acabó participando en la lucha armada por una confluencia entre inercia y casualidad. Desde bien pequeña, se crió en un ambiente militante; a su tío le conoció en prisión, su hermano pasó a la clandestinidad cuando ella era todavía una adolescente; y no sabría decir qué ocurrió primero, si que se enamorase de Jon o que ambos empezasen a ayudar con tareas de información y transporte de armas. Por el modo de pensar y actuar de Lucía, estoy convencido de que nunca se hubiese implicado en una causa que no estuviese arraigada en su entorno más cercano. Sin caer en el sectarismo de Gorka, Lucía nunca se plantearía cuestiones de fondo, y seguiría las pautas del colectivo. No quiero quitarle capacidad de entrega o sacrificio, ni tampoco despersonalizarla. Simplemente, es una mujer que se expresa en comunidad, y si la comunidad en la que participa está en conflicto, incluso en un conflicto extremadamente violento como el que vivimos nosotros, lo asumirá y será parte de él.

En relación con esto, a veces me pregunto qué habría sido cada uno de nosotros si hubiésemos nacido en la Alemania nazi. Si Lucía hubiera sido hija, hermana y sobrina de miembros de las SS, ella hubiese amado lo que consideraría la causa del pueblo alemán. Una vez en guerra, testigo de tanto dolor y muerte a su alrededor, estoy seguro de que hubiera seguido las directrices del partido nacionalsocialista. No la puedo imaginar rechazando todo el sistema de valores que la rodease. Llegados a ese punto, meterle un tiro en la cabeza a un judío en un campo de concentración debe ser una conclusión sencilla. Tu familia destruida, tu país en llamas… Y a toda esa comunidad que ha originado el problema, en lugar de fusilarles sin más, les dais un techo, les intentáis reeducar, les dais comida que no está llegando a niños alemanes… Pero ellos se rebelan, dan problemas, no trabajan bien. Incluso algunos se intentan fugar…. Normal que al humano medio, como Lucía, le parezca una respuesta razonable meterle un balazo a un enemigo dentro de ese contexto de guerra total. Me fascina la gente que se escandaliza por lo que ocurrió en los campos de concentración nazis… Como si ellos mismos, de forma mayoritaria, no hubieran podido ser ese chaval de Leipzig que es llamado a filas al terminar el instituto y acaba ejerciendo de carcelero.  En las condiciones adecuadas, la mayoría de los escandalizados podrían ser ese muchacho que le revienta el ojo con la culata a un prisionero que está retrasando el avance de una columna, poniendo a todos en riesgo. En Palestina lo han demostrado muy bien algunas de las propias víctimas de ese fenómeno.

Lo que no es tan fácil es acabar llevándote por delante a alguien como el senador Enrique Casas, que fue lo que hice yo. Para matar a Casas, primero tuvimos que decidir fríamente acabar con su vida. En mi caso no se trató de una orden o un encargo, sino que tomé parte activa en la decisión. Además, yo no llegué a la lucha armada por causalidad, ni siguiendo la corriente de mi entorno. Para mi se trató de un proceso paulatino pero muy consciente. No me gustaba la forma en que estaba organizado el mundo, como no me gusta ahora. Me parecía intolerable que unos pocos viviesen a todo lujo a costa del sufrimiento de la mayoría. Años antes de empuñar un arma, me llenaba de rabia comprobar cómo, cada vez que se intentaban transformar la cosas mediante un cambio estructural, esas aspiraciones eran eliminadas a sangre y fuego mediante torturas, represión, fusilamientos y desapariciones. Lo había vivido Euskadi en 1936, y más recientemente sería en Chile, Argentina, Uruguay… Mi conclusión, que compartí con otros muchos compañeros, algunos de los cuales lo perdieron todo por ello, es que sólo con bombas y atentados contra los responsables de la represión se podría dar fuerza al movimiento social que llevase al mundo distinto al que aspirábamos. Y para mi, el senador Casas representaba a todos esos congéneres dispuestos masacrar a quienes se rebelasen, a quienes luchasen por la revolución. Casas no era sólo un alto representante del partido del gobierno, sino que era un secreto a voces que se trataba de uno de los ideólogos y organizadores de los escuadrones de la muerte que fueron los GAL.

Reconozco que en aquel momento no pensé en lo que supondría para los cuatro hijos de Casas el hecho de que su padre se desangrase en su propio hogar. Más tarde supe que cuando le matamos, su hijo de ocho meses dormía en la habitación contigua; y que en aquel momento estaban también en la vivienda su otro hijo de 17 años y una asistenta. Me imagino que para esa familia, la revolución y el futuro diferente por los que yo luchaba serán una mentira, o directamente una mierda horrible. Probablemente para ellos su padre fue un héroe, incluso piensen que él luchaba por la democracia y por el bienestar de su pueblo. ¿Cómo explicarles que su padre era parte activa y consciente de una guerra, y que, a mis ojos, acciones como la que llevaron a su muerte eran el único camino para frenar la rueda de la explotación del hombre por el hombre? No creo que nunca pudieran comprenderme a mí ni al resto de mis compañeros. Supongo que siempre me verán como un ser despiadado que acabó con su vida y con el porvenir tal como lo imaginaban antes de aquella tarde. En el caso del bebé de ocho meses, sentirá que le robé la posibilidad de conocer a su padre, incluso de recordar su rostro. Para el chico de 17 años, yo seré el asesino que le obligó a despedirse de su padre en medio de un charco de sangre y angustia.

¿Valió la pena matar a Casas? La revolución con la que soñábamos no se materializó, y la mayoría de quienes estuvimos directa o indirectamente implicados en su muerte lo pagamos caro. ¿Eso significa que nunca se deba acabar con la vida de otras personas? ¿El mundo sería mejor si nadie, nunca, tomase la decisión de matar a otros? Seguramente sí, pero dado que eso no ocurre, ¿es legítimo que otros también matemos? ¿Quién otorga la legitimidad para asesinar?

Fin.

¿Por qué “Matar al senador Enrique Casas”?  

Este es mi primer relato histórico. Tiene la dificultad de que he querido ponerme en la piel de un personaje contemporáneo, Joseba Merino, el único condenado por el atentado contra Enrique Casas, que se produjo el 23 de febrero de 1984. A diferencia de otros relatos “basados en hechos reales”, en este caso el protagonista sigue vivo, y puede no sólo refutar lo que escribo sino afirmar que se trata de una absoluta basura. Es un riesgo que no sufriría de haberme puesto en la piel de Julio César, Juana de Arco o Buenaventura Durruti, pero que he decidido correr.

Al construir este relato no he querido expresar lo que realmente pudiera haber pensado o sentido su protagonista. Esto no sólo me es imposible con la información de que dispongo, sino que no me corresponde a mi ni a nadie que no sea él mismo. Al contrario, he querido plasmar lo que pienso que yo hubiera sentido de haber estado en su lugar.

Tengo que aclarar que no sé a ciencia cierta si el autor material de los disparos fue Joseba Merino o Pablo Gude, ya que al parecer fueron ambos los que accedieron al portal de Casas y lograron que éste les abriese la puerta haciéndose pasar por trabajadores de una obra cercana. Pablo Gude murió ametrallado por la Guardia Civil en agosto de aquel mismo año y Joseba Merino o bien no se ha pronunciado claramente al respecto, o yo no he encontrado su testimonio. Sí he encontrado una entrevista donde explica los motivos que le llevaron a planificar y cometer aquel atentado, sin entrar en el detalle.

La muerte del senador Casas fue seguida, un mes después, por los fusilamientos extrajudiciales de Bahía de Pasaia, que acabaron con 4 militantes de los Comandos Autónomos Anticapitalistas[i] muertos y con Joseba Merino detenido. Se trata de uno de los hechos más escandalosos de la guerra sucia que desplegó el entonces gobierno socialista en medio del llamado “conflicto vasco”. Para la mayoría de los investigadores y periodistas que han estudiado este caso, se hace evidente que quienes estaban detrás de los GAL decidieron vengar la muerte de su correlegionario Enrique Casas, primero con estas ejecuciones extrajudiciales y después acabando con la vida del pediatra y portavoz de Herri Batasuna en el Parlamento Vasco Santiago Brouard, muerto a tiros en su propia consulta de medicina infantil. Años después, este último dato ha sido corroborado por varios de los condenados por participar en los GAL, que también señalaron al senador Casas como un elemento clave en la planificación y el desarrollo del grupo paramilitar, que tuvo al menos 28 víctimas mortales y al que se atribuyen varias desapariciones forzosas más. Todo parece indicar, por tanto, que el senador Casas, la víctima que ha sido homenajeada en múltiples ocasiones por las instituciones democráticas, era a su vez autor intelectual de varios asesinatos.

Por último, quiero aclarar que tanto Gorka como Lucía y Jon son personajes totalmente ficticios.

Para quien quiera saber más, algunos materiales:

Canción (Barricada) – Bahía de Pasaia

La mayor parte de las personas que tienen alguna información sobre estos hechos, los conocieron a partir de la canción compuesta por el grupo Barricada en 1987, que fue censurada inicialmente por la discográfica Polygram y se distribuyó de forma pirata hasta ser publicada manera oficial en 1995.

Entrevistas a Joseba Merino

No es fácil dar con testimonios como los de Merino, pero en este caso, y dado que fue testigo de los fusilamientos extrajudiciales de Bahía de Pasaia, sí que hay varias fuentes directas. Quizás estas dos sean las más completas que he encontrado.

Comandos Autónomos: Un anticapitalismo iconoclasta

Este libro llegó a mis manos en un viaje a San Sebastián/Donostia cuando yo tendría 18 años. Me impactó muchísimo, porque me descubrió una realidad de la que sabía muy poco. Recuerdo incluso el momento exacto en el que lo compré y la chica que me acompañaba. En cierto modo, este relato es también una elegía a aquel chaval, sus sueños y sus conflictos.

Puede descargarse en PDF desde este enlace.


[i] Así se definía a un conglomerado de grupos que practicaban atentados de forma independiente y alejada ideológicamente de ETA, uno de los cuales reivindicó el atentado contra Casas. Quizás el mejor documento para saber más sobre este fenómeno es el libro “Comandos Autónomos: Un anticapitalismo iconoclasta”, que aunque está descatalogado se puede encontrar fácilmente en PDF.